Hacia una teología ecológica

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Por Dr. Rubén Pérez Torres Catedrático de Teología Recinto Metropolitano

“Soy un hijo de la tierra, la tierra que levantándose maternalmente en sus gigantes brazos nos hace ver el rostro de Dios”. Esta máxima de Pierre Teilhard de Chardin nos llama a amar y a valorar nuestro planeta como el habitáculo hermoso y encantador que nos ha concedido el Creador. Precisamente, cómo apreciar, cuidar y reconocer la importancia de nuestro mundo sin caer en el materialismo, es el desafío ecológico que ya ha empezado a tener la iglesia en este nuevo siglo. Si concebimos a nuestro planeta como creación de Dios, podríamos correctamente llamar a la Tierra nuestra hermana mayor. El epíteto de la madre Tierra lo consideramos impropio porque contiene algunas implicaciones materialistas que contradicen nuestra tradición judeocristiana. Recoge la óptica de la Nueva Era que cree no en un Dios personal, sino en una energía que meramente se manifiesta y entremezcla con toda la creación. Entre las malas interpretaciones que este título supone bastaría mencionar que puede transmitir la idea de la deificación del planeta, alimentar la concepción falsa del panteísmo, sustentar la tesis filosófica del monismo[1] y fomentar el materialismo. El materialismo es “la doctrina que enseña que sólo existe la materia o lo que depende de la materia. Es una postura filosófica con su propia ontología, según la cual se niega radicalmente la existencia del espíritu, tanto puro (Dios y los ángeles) como incorporado (el alma humana)”.

El cristianismo postula el principio teológico de la creatio ex nihilo o creación de la nada en oposición a la tesis filosófica griega de la creación preexistente. De estas ideas platónicas surge el concepto de la emanación, sostenido por el neoplatonismo. Este movimiento “fue el último gran sistema filosófico griego. Fundado por el filósofo Plotino (203-270 a.C.), natural de Nicópolis, Egipto” y cuyos seguidores fueron “Porfirio, Proclo y Jámblico. La obra fundamental del neoplatonismo fue Las Enéadas de Plotino. En ella se expone una concepción de la Naturaleza básicamente platónica, pero remozada y quizás influida por el cristianismo”. La visión filosófica de Plotino consiste en la concepción de un mundo inteligible y perfecto, en cuya cúspide hallamos el Uno, el ser perfectísimo y sumo bien. “De lo Uno, y por emanación, surge la inteligencia, en la que está situado el mundo de las ideas de Platón. De la inteligencia surge, también por emanación, el Alma Universal. Frente a este mundo de lo inteligible está el mundo de la materia, el mundo sensible, mundo de la imperfección y de la mutabilidad”. Por emanación el neoplatonismo quiere significar que “el ser se expande en las cosas, pero sin perder nada de su plenitud ni de su simplicidad”. Por lo cual, de alguna manera lo surgido es una extensión del Uno, aunque se entiende que la materia o el mundo de la imperfección y de la mutabilidad “es lo ajeno al espíritu, origen del mal y de la limitación”.

La Biblia dice: “En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra”. Aquí se afirma el milagro de la creación de todo a partir de lo no existente. Por eso, “la expresión creatio ex nihilo es una fórmula que indica exclusión. Nihil significa un concepto límite: “de la nada”, es decir de la pura nada. La preposición “de” no apunta a algo preexistente, sino que excluye toda materia. Esta frase refleja una confrontación consciente: el mundo no ha nacido de una lucha entre dioses, como dice el mito épico de Enuma-elish. Tampoco ha nacido de un huevo primigenio o materia primera. La expresión Dios “ha creado” el mundo pone de manifiesto y acentúa la autodistinción de Dios respecto del mundo: Dios ha querido el mundo. Por consiguiente, éste no es de esencia divina. Tampoco es una emanación de su ser eterno, sino el resultado concreto de su decisión voluntaria, los cielos y la tierra no son divinos ni demoníacos. Tampoco son eternos como Dios mismo, ni carente de sentido o vanos. Son contingentes o que pueden suceder o no suceder. Dios ha creado el mundo, pero el mundo no es Dios, pues Él es el Creador y el mundo o la Tierra es la criatura. Por ende, aun la Tierra es su creación y es, entonces, nuestra hermana mayor. Cuando hablamos del Creador nos enfrentamos con el reto del materialismo que destaca que la materia siempre ha sido y no requirió de un Hacedor.

¿Cuál debe ser nuestra responsabilidad con el planeta?

El primer relato de la creación de los seres humanos en el Génesis ha sido citado e interpretado inadecuadamente en un sin fin de ocasiones a lo largo del acontecer humano. De ahí ha surgido la idea de que la tierra no es nuestra hermana mayor, sino nuestra sierva o esclava. Por lo cual, podemos hacer con ella lo que nos venga en gana. El pasaje tradicionalmente recitado para justificar el maltrato de la creación dice así: “Entonces dijo: “Ahora hagamos al hombre a nuestra imagen. Él tendrá poder sobre los peces, las aves, los animales domésticos y los salvajes, y sobre los que se arrastran por el suelo.”Cuando Dios creó al hombre, lo creó a su imagen; varón y mujer los creó,y les dio su bendición: “Tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves, y a todos los animales que se arrastran”.

A lo largo de toda la historia el ser humano ha ejercido poder, gobierno y dominio sobre la naturaleza y el producto ha sido la contaminación, cada día más horrible, que padecemos y la destrucción inmisericorde de la fauna y flora que hoy sufrimos. Una revisión del vocablo mayordomía sería necesaria para que comprendiéramos que nuestros deberes como administradores de Dios también incluyen el cuidado de nuestro hábitat. De hecho, el segundo relato de la creación así lo pone de manifiesto: “Cuando Dios el Señor puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara…”. El mandamiento no fue solamente para el cultivo, también contuvo el imperativo del cuidado. Una nueva comprensión de la administración humana de su ambiente debe llevarnos a entender qué es la ecología, investigar las estadísticas sobre la destrucción del ambiente y desarrollar una teología ecológica.

Definición de ecología

La ecología es la ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con su entorno. Parte de la sociología, que estudia la relación entre los grupos humanos y su ambiente, tanto físico como social.

Ante la crisis del ambiente o la destrucción de la naturaleza ha surgido un despertar cristiano en favor de la ecología, cuyo propósito es crear conciencia del valor de la naturaleza y de todo el planeta para la vida humana. A esos fines, también, ha surgido la teología ecológica, cuyo objetivo es reflexionar sobre Dios como el Creador del universo, destacando la responsabilidad de los seres humanos de colaborar con nuestro Hacedor en el cuidado y conservación de toda la creación.

Estadísticas sobre la destrucción del ambiente

Con el propósito de sostener nuestra convicción de que urge que tomemos más en serio el cuidado y protección de nuestro ambiente natural debemos incluir algunas estadísticas que nos evidencien cuánto daño le estamos infligiendo al mismo.

Estas estadísticas las presentamos a partir del siglo XVI hasta el comienzo del siglo XXI. Entendemos que lo que ha ocurrido desde el 2000 en adelante ha sido mucho peor en contra de toda la creación que lo que hemos podido ver anteriormente.

  • Entre 1500-1850 fue eliminada una especie cada diez años. Entre el 1850-1950 una especie por año.En el año 1990 desaparecieron 10 especies por día. En el año 2000 desaparecerá una especie por hora.
  • Entre 1975 y 2000 habrá desaparecido el 20 % de todas las especies vivas. A partir de 1950 se perdió la quinta parte de la superficie cultivable y de los bosques tropicales.
  • Cada año se pierden 25 millones de toneladas de humus por causa de la erosión, salinización y desertización. Lo que equivale a un área correspondiente a los países del Caribe, menos Cuba.
  • Los bosques se están acabando a un ritmo de 20 millones de hectáreas por año.
  • Los principales problemas del medio ambiente son los siguientes: (1) la lluvia ácida que contamina los alimentos y las aguas-resultado del desenfrenado proceso de industrialización; (2) el calentamiento de la atmósfera produciendo el efecto estufa o invernadero que causará que las temperaturas suban y produzcan sequías y el descongelamiento de los polos haciendo que el agua del mar crezca y cause inundaciones. (3) La destrucción de la capa de ozono producida por los clorofluorcarbonos y que hará desaparecer la protección natural de las radiaciones ultravioletas, provocadora de los cánceres de piel y del debilitamiento del sistema inmunológico.
  • El crecimiento de la población del mundo va en un ritmo alarmante. Actualmente somos 6 billones, 4 millones de habitantes. A ese ritmo para el 2030 seremos 11 billones de terrícolas. Siendo la tasa de crecimiento del Tercer Mundo de 3 a 4 % al año, y la alimentación de 1.3% al año.

Necesidad urgente de una teología ecológica

Estas estadísticas escalofriantes y con hedor a muerte nos deben concienciar de la necesidad urgente de una teología ecológica. Además, estos datos verificables nos revelan que no es Dios quien quiere acabar con el planeta, sino nosotros.  Bíblicamente descubrimos que Dios ama a su creación. Por eso dice el compilador: “Y Dios vio que todo estaba bien”.El salmista añade exclamando: Del Señor es el mundo entero,con todo lo que en él hay, con todo lo que en él vive. Porque el Señor puso las bases de la tierra y la afirmó sobre los mares y los ríos”. Y el Cuarto Evangelio afirma categóricamente: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna”.

El mundo ordenado para los cristianos también incluye la creación, que por el origen del pecado está viviendo los dolores de la esclavitud. Así lo recoge el Libro Sagrado al decir: “La creación espera con gran impaciencia el momento en que se manifieste claramente que somos hijos de Dios.Porque la creación perdió su verdadera finalidad, no por su propia voluntad, sino porque Dios así lo había dispuesto; pero le quedaba siempre la esperanzade ser liberada de la esclavitud y la destrucción, para alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios.Sabemos que hasta ahora la creación entera se queja y sufre como una mujer con dolores de parto”. Este pasaje contiene aserciones teológicas existenciales y escatológicas. Las primeras nos hablan de que la manifestación de los hijos de Dios debe comenzar ahora en los inicios del siglo veintiuno con un mejoramiento sustancial de nuestro mundo físico. Y las escatológicas deben alimentar nuestra esperanza de que colaborando con nuestro Dios podremos contribuir a la restauración de la naturaleza que “se queja y sufre como una mujer con dolores de parto” porque anhela “alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios».

Una teología ecológica iniciará un nuevo paradigma de amor por el Creador a través del amor y cuidado de su creación. “En una visión ecológica, todo lo que existe, coexiste. Todo lo que coexiste, preexiste. Y todo lo que coexiste y preexiste subsiste a través de una tela infinita de relaciones omnicomprensivas. Nada existe fuera de la relación. Todo se relaciona con todos los puntos. El ser humano puede ser tanto el ángel de la guarda como satanás de la Tierra. La tierra sangra, especialmente en su ser más singular, el oprimido, el marginado y el excluido, pues todos ellos componen las grandes mayorías del planeta. A partir de ellos debemos pensar en el equilibrio universal y el nuevo orden ecológico mundial”.

El desafío más grande que arrostra el cristianismo como revelación de vida de Dios en Cristo es la muerte de nuestro planeta. La contaminación y la destrucción del ambiente constituyen una bomba de tiempo que puede estallar y acabar con nuestro hábitat humano. La iglesia cristiana tiene que dejar oír su voz profética en contra de los verdugos de la naturaleza. La creencia de que el mundo natural es malo no es cristiana, sino griega. Platón concibió la noción de que la materia fue creada por una deidad de segunda clase que llamó Demiurgo, puesto que el Sumo bien por su bondad no podía relacionarse ni entrar en contacto con la materia mala. La encarnación del Hijo de Dios rebatió esas ideas de maldad de la naturaleza, participando de ella y evidenciando que el mundo fue creado por Dios y Él lo ama profundamente.

Dios no va a destruir su creación, a la cual santificó y la consideró “buena en gran manera”. Nosotros los seres humanos, con nuestro descuido y falta de sensibilidad hacia el ambiente, la podemos destruir. La contaminación, en grandes proporciones, que se perpetra vilmente en contra del ambiente con la industrialización desbocada y el urbanismo descontrolado nos conduce cada día más a presenciar la muerte del globo terráqueo.

¿Si la naturaleza es nuestro lugar de habitación y dependemos de su bienestar para nuestra vida, cómo es posible que la queramos destruir? Esta es una paradoja de la modernidad y del llamado progreso de nuestro tiempo que está enraizada en la manera en que hemos sido instruidos. El filósofo J. Habermas condena la manera en que la ciencia nos ha impartido un conocimiento que es «un saber de dominación». «Pues conocemos algo en la medida en que podemos dominarlo». La dominación humana de la naturaleza ha producido su continuo descalabro. Tenemos que redescubrir el conocimiento meditativo y decir con Agustín: «Conocemos en la medida en que amamos». De suerte, que procuremos no el conocimiento que domine y destruya el medio ambiente, pero más bien anhelemos el saber que nos permita participar y disfrutar en respeto y armonía con toda la creación. El aniquilamiento de nuestro planeta es un proyecto de muerte orquestado por los que se desviven por el dinero y la obtención de los bienes materiales. La iglesia, como el pueblo que ora para que el reino de Dios advenga y que es la conciencia moral de los pueblos, no puede mirar indiferente a los misántropos del jardín de Dios. Como a Adán y a Eva se nos ha encargado el cuidarlo y cultivarlo, y es nuestra ingente responsabilidad protegerlo de los enemigos de la creación.

Como comunidad de vida, la iglesia, no puede hacer menos que comenzar una re evangelización que nos conciencie del valor inapreciable de nuestra patria mundanal y nos obligue al compromiso en favor de la restauración y re cultivación de la naturaleza. Ver a los animales como nuestros compañeros de vecindario natural, apreciar a las plantas y árboles como nuestros acompañantes en el mundo iniciará una nueva relación hermanable entre los seres humanos y la creación, que forjará la armonía en aras de una vida más pletórica para cada ser viviente. Que cesen la contaminación y destrucción del ambiente, debe ser el grito de una iglesia militante que gusta de proclamar las buenas nuevas del Reino de Dios aquí y ahora. Decidirnos a ir de rodillas en clamor a Dios para que nos dote de la intrepidez de los profetas de antaño a fin de denunciar todos los males de nuestra sociedad y afirmar la fe, la esperanza y el amor, debe ser la decisión santa y audaz de todos los cristianos que creemos en Jesucristo como Señor del mundo. El sábado glorioso de Dios, ejemplificado por Jesús como el Señor del descanso, debe comenzar ya como el reposo para toda la creación. Entonces, el sueño del vidente de Patmos cobrará realidad en nuestro entorno y contorno, y con él soñaremos con un nuevo amanecer que empezará así en todo el orbe: “El ángel me mostró un río limpio, de agua de vida. Era claro como el cristal, y salía del trono de Dios y del Cordero.En medio de la calle principal de la ciudad y a cada lado del río, crecía el árbol de la vida, que da fruto cada mes, es decir, doce veces al año; y las hojas del árbol sirven para sanar a las naciones”.

[1] El vocablo viene de monos= único y hace referencia a un sistema filosófico que afirma que toda la realidad es finalmente una. Este movimiento promueve la idea de que sólo existe una realidad en la cual no se diferencia entre creador y creación. (Diccionario Teológico Ilustrado; Barcelona: Editorial CLIE, 2001; sv Monismo).

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